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De la deconstrucción a la reconstrucción del trabajo

En su nuevo libro 'El trabajo ya no es lo que era' Albert Cañigueral explora la transición hacia el nuevo paradigma del trabajo, derivada de su actual fragmentación. Argumenta que se ha idealizado el “decadente modelo” asalariado y que el nuevo modelo puede ser mejor, pero no ocurrirá por sí solo. Una llamada a la acción por un futuro del trabajo “que valga la pena”

25 OCT. 2020
13 minutos
Alberto Cañigueral, autor de ‘El trabajo ya no es lo que era’.
Alberto Cañigueral, autor de ‘El trabajo ya no es lo que era’. / LAIA ALBERT / INNOVADORES

Lo que para el innovador chef Ferran Adrià fue la deconstrucción de la tortilla es para Albert Cañigueral (Mataró, 1977) la deconstrucción del trabajo. El proceso ya se ha iniciado: el trabajo se está desagregando y camina hacia un tipo de agrupación diferente que definirá su reconstrucción. El cómo está por definir, aunque ya hay ejemplos que muestran el camino a seguir -y a evitar- además de los retos y obstáculos a sortear durante el recorrido. Sobre todo ello discurre Cañigueral en su nuevo libro: 'El trabajo ya no es lo que era' (Conecta).

El pionero del consumo colaborativo en España, experto en economía de plataformas y orgulloso conector de Ouishare para España y Latinoamérica, sintetiza en su nueva obra casi tres años de investigación que, en el camino, le han valido reconocimientos como el de ‘Los 100 de COTEC’. Su libro aborda algunas de las incertidumbres actuales del futuro del trabajo y la necesidad de superar el miedo y la resistencia al cambio.

El cambio ya está en proceso. Venimos de un entorno de paradigma del trabajo en la fábrica 'fordista', con la presencialidad asociada y los derechos y beneficios laborales y el plan de carrera garantizados. Un modelo de relación laboral en decadencia, en blanco y negro, frente a la imagen a color de una vida laboral mucho más fragmentada que ya está emergiendo”, dice Albert en entrevista con INNOVADORES.

Para muestra, un botón: el 90% de los contratos firmados en España en 2019 no fueron indefinidos y un 46% de las personas en edad de trabajar en nuestro país no tienen un contrato típico, según datos de la EPA y de Eurostat y Staffing Industry Analysts -respectivamente- que el experto cita en su libro. “Hemos de reconocer que estamos en un interregno entre el “ya no más”, lo que está en declive pero es mayoritario, y el “no todavía”, que está creciendo pero aún es minoritario”, afirma.

Otro signo de cambio es que los periodos de desempleo son cada vez más habituales entre los trabajadores. “La gente no va a estar trabajando de una manera continua como antes. Vemos cómo en Australia, por ejemplo, la recuperación la está marcando el trabajo a tiempo parcial”, comenta. Este, sin embargo, está asociado a la precarización. ¿Cómo disociar temporalidad de precariedad? Cañigueral responde: mejores remuneraciones, políticas públicas y derechos más transversales.

“Si la relación de beneficios laborales es la que nos unía con el modelo en blanco y negro que se está desvaneciendo, habrá que recrearla de otro modo. Gestores, seguros, espacios de aprendizaje… Lo que solía hacerse de manera agregada y unificada en la empresa se está reconstruyendo ahora alrededor de la persona”, sostiene Cañigueral. Reconoce, sin embargo, que ello supone mucho trabajo a nivel individual. Es la razón por la cual surgen colectivos de autónomos que se agrupan por afinidad, complementariedad, luchas sindicales o para conseguir eficiencias económicas.

Estos grupos -y no el trabajador aislado- serán los protagonistas de la reagrupación y la definición del trabajo del futuro, cree el autor. “Lo que hay que hacer es proteger a las personas con unos derechos básicos, independientemente del tipo de relación laboral que tengan con el empleador o cliente; buscar una protección mucho más universal”, propone Cañigueral en línea con los planteamientos de la profesora e investigadora Luz Rodríguez, experta en derecho de trabajo.

La Comisión Europea está dando pasos en esa línea pero aún está en una fase muy preliminar, de estudio. España, mientras tanto, sigue anclada al viejo paradigma. “Es normal: las administraciones han nacido y crecido en el blanco y negro y han invertido mucho en ello. Cualquier cambio supone un gran esfuerzo y hay resistencia a ello”, comenta Cañigueral. Sostiene que el trabajo está pasando por un proceso de digitalización similar al de otros sectores; el paso de la deconstrucción de estructuras monolíticas tradicionales a la reconstrucción, como muestran la transformación forzada de la banca y el desarrollo del ecosistema fintech.

¿Nos quitarán las máquinas el trabajo? “Debería preocupar menos si un robot nos quitará el trabajo y más que nuestro jefe ya sea un robot”, dice en alusión al trabajo en plataformas donde son las instrucciones codificadas en la tecnología lo que determina qué debe hacer el trabajador, cómo y cuándo, y le castiga o recompensa, según toque, por ello.

El autor es optimista, y se siente un privilegiado por poder trabajar como consultor autónomo en lo que le gusta, cuando le gusta, como le gusta y con quien le gusta. Reconoce que la tecnología ha sido un gran facilitador. “La punta de lanza han sido los programadores, que han creado las herramientas y metodologías ágiles que necesitaban para desenvolverse profesionalmente de otra manera”, dice el experto. Ello ha permitido la división del trabajo en tareas más pequeñas, el teletrabajo y el trabajo asíncrono en una misma cosa sin necesidad de que todos los implicados en una tarea trabajen en ella a la vez.

Por otra parte, la tecnología ha traído también precarización, desigualdades y tiranías de jefes algorítmicos. “Es importante gestionar la velocidad: de igual modo que no ponemos en circulación una vacuna sin haberla probado antes, la tecnología laboral debería someterse a una evaluación de impacto social”, dice Cañigueral. En su opinión, se ha pecado de 'buenismo' digital sin demasiadas exigencias en la regulación y en la velocidad de despliegue. “Está bien probarlo todo pero hay que hacerlo en entornos seguros, usando modelos de pruebas como el sandbox”, añade.

La idea inspira una de las “siete utopías para realistas” que propone en su libro: la buena tecnología, consciente del impacto que genera. “Quien inventó el coche inventó el accidente de coche, seamos conscientes de todo lo que generamos”, reclama. En referencia al filósofo francés Bernard Stiegler cita el concepto de ‘fármacón digital’. “Ta tecnología es a la vez el virus y la vacuna: genera el reto y pero es la mejor herramienta para resolverlo”, afirma. “Tenemos que entender que en esta reconstrucción la mejor manera de encontrarnos, compartir conocimiento y coordinarnos es a través de la propia tecnología”, apunta. Así lo están haciendo ya desde hace años grupos como Ouishare, o los repartidores y otros colectivos que se autoorganizan mediante aplicaciones de mensajería instantánea para defender sus derechos.

En otra de sus utopías, el autor destaca las recomendaciones de la experta en futuro del trabajo Laetitia Vitaud, que sugiere dejar de hablar de “contrato de trabajo” y hablar de “contrato de obra”. También que nos fijemos en los artesanos de toda la vida para intuir el futuro del trabajo. A los programadores les llama “los nuevos artesanos digitales”.

Siguiendo con las utopías de Cañigueral encontramos “un nuevo lenguaje para los futuros de los trabajos”. “Nos faltan palabras que nos ayuden a diseñar el futuro. El lenguaje es la primera piedra para construir la realidad”, sostiene. Esto nos lleva de vuelta a Adrià y a su método Sapiens de innovación: “Lo primero que él hace es explorar el campo semántico de aquello en lo que quiere innovar y ver cómo este lo limita, para convertir esa limitación en un facilitador”, dice. Reivindica la autoexigencia en ser creativos en este espacio, tomarlo como un juego, como un reto colectivo.

¿Quién debe liderar el cambio, entonces? ¿Todos y cada uno de nosotros? “Necesitamos pioneras y pioneros que tengan la osadía de lanzarse y construir puentes para ayudar a los demás a pasar de un paradigma a otro. Hay gente que se lanza en tirolina pero la mayoría necesitará un puente para pasar”, apuntala. En esa transición es necesario, además, ser inclusivos: “Debemos avanzar, pero sin dejar de mirar a los que siguen en el otro lado para evitar que se queden atrás”, concluye.